Las luces de la autopista

Mi amigo me lleva a casa en su carro,
su novia va de copiloto
y hablan de algo que no escucho.
Solo estoy concentrado en una canción
de The Police, que suena en el radio,
y en las luces de la autopista
que se pierden mientras el carro avanza.
por la calle mojada.

Esta sensación de no pertenecer a nada,
de estar sentado en la banca de atrás
sin interferir en el mundo
dejando que la realidad se aquiete
adentro y afuera,
me hace querer estar
aquí
para siempre.

 

 

Darle un libro de poesía a Juan Villoro

Le doy mi segundo libro de poesía a Juan Villoro
y él lo recibe, me da las gracias,
dice que es pertinente porque hay un avión
en la portada y él debe viajar en unas horas
desde Medellín hasta Ciudad de México.
Todo libro de poesía tiene un avión en la portada,
pienso pero no digo nada.
Él se despide cordial.
Siento en el cuerpo que le di un libro escrito por mí a Juan Villoro.

Regreso a mi casa,
todos los semáforos están en verde
como si dijeran: bien hecho, así se hace.
Los conductores me animan con sus silencios,
y no me pitan ni me tiran sus camionetas.
los taxistas me hacen guiños
y me dan la vía sin problema.
Yo sonrío al mundo con la tranquilidad de quien
acaba de ganarse una beca o un concurso literario.
Llego a mi casa,
mi gata me saluda como siempre,
la alzo y la acerco hasta mi cara,
le digo que le pude dar mi último libro de poemas
al mismísimo Juan Villoro
y se me escapa de las manos, sale por la puerta y
se esconde debajo de un carro.
No importa lo que le diga
no sale de ahí hasta que me meto debajo y me mancho la camisa nueva
con la que hablé con Juan Villoro
y la agarro con la mano
con la que saludé a Juan Villoro
y mi gata me muerde
y me saca sangre en una mano
y le digo que se calme, que todo va a estar bien,
que sé que no le gustan los autores mexicanos
pero que con Juan Villoro tiene que hacer una excepción
porque, al menos recibió el libro.

Un mes después, en una conferencia, Salcedo Ramos
cuenta una historia que le ocurrió con Juan Villoro en Barranquilla:
Salcedo Ramos le dice a Villoro que desconfía de él
porque nunca ha escuchado un comentario negativo en su nombre,
a lo que Villoro responde que sólo hay una cosa de la que se avergüenza,
pero para contarla necesita más wiski.

Cuando es el momento apropiado y el wiski es suficiente, Villoro baja la voz
y le dice a Salcedo Ramos mientras en el fondo suena una champeta:
«Tú sabes que cuando uno viaja siempre le regalan libros,
sobre todo, de autores jóvenes. Te confieso que nunca los leo,
pero tampoco los boto, lo que en verdad hago es que los rifo
entre los botones del hotel de la ciudad donde me hospedo».

Cuando llego a mi casa,
mi gata me saluda, me mueve la cola
y me ronronea como si no nos hubiéramos visto
desde hace tiempo.

 

 

El secreto

Lo hacíamos en la manga
detrás del solar de Tere,
una manga que ya no existe,
donde ahora hay una casa de dos
pisos con terraza.
Yo le decía o ella me decía
vamos allí, vamos allí
y nos metíamos entre la yerba alta
y nos fijábamos que no viniera nadie
y cuando nadie venía
cerrábamos los ojos,
apretábamos las manos,
y nos acercábamos hasta darnos un beso,
un pico, porque era solo con los labios,
pero se sentía tan peligroso
que era más que un beso
por lo prohibido,
por lo animal,
porque luego
cuando jugábamos escondidijo
y todos nos veían,
sólo nosotros sabíamos el secreto
y más aún
sabíamos que compartíamos la misma sensación
de tener un secreto
ocultos ante la vista de todos,
y esa era una mejor sensación
que la que nos dejaba el beso,
o quién sabe.
Lo más probable es que
no sintiéramos nada
y fingiéramos sentir cosas
todo por serle fieles al secreto compartido.

No recuerdo por qué dejó de pasar,
sólo sé que ahora ella es una cajera en un banco
y hace años perdí su rastro.

Seguramente besa otras bocas
de deportistas o de ingenieros informáticos,
y yo beso bocas de poetas inéditas
y de escritoras promesas.
Espero que algún día, quizá en una fila de un banco
nos reconozcamos
y luego no miremos a los ojos
y no digamos absolutamente nada.

 

 

Silencios

Cada vez que alguien tocaba la puerta de mi casa
con la intención de vender enciclopedias
o de hablar de la palabra de Dios
o pedir ropa para su familia pobre
mis padres se escondían
y me hacían señales de silencio
para que me quedara quieto, no hiciera bulla,
así la persona que tocaba el timbre o la puerta
pensara que la casa estaba vacía
y cansada se fuera a pedir a otras casas.

Era una especie de ritual que
estaba implícito
en las dinámicas del hogar,
a veces, si había duda, mi madre
se asomaba por la ventana,
entre unas cortinas
para confirmar que el que tocaba
era alguien desconocido.

Sé que algún día
yo iré a su casa
y tocaré el timbre por un rato
esperando que mis padres
jueguen adentro
a hacerse señales de silencio entre ellos,
a quedarse quietos.
Pero no habrá ninguna respuesta.

 

 

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Noticia biográfica

Santiago Rodas Quintero ilustrador, muralista y escritor de poemas, ha publicado los libros Gestual (Editorial U.P.B.) 2014 y Trampas Tropicales (Atarraya editores) 2015.