Tómese un tinto con… 2017

“Otto Modersohn”, reseña de Rilke, traducida por Alexander Caro
29 noviembre, 2017

Tómese un tinto con… 2017

A solo unos pasos de la Universidad Nacional, en el barrio Acevedo Tejada —donde los ruidos de Bogotá se apaciguan con los árboles— hay una casa con nombre de poeta: Café Nicanor. Da alegría recordar al poeta chileno (que en su inmensidad no ha terminado de irse aún) a través de este lugar. Así como Parra invitó a los poetas a hablar, a dejar de cantar con altisonancia, este café invita una vez al mes —durante el evento llamado «Tómese un tinto con»— a que los asistentes dejen las convenciones sensacionalistas que a veces rodean al mundo literario. Es, por el contrario, algo sencillo: dos personas hablando en un café. No es más y es suficiente. Como bien lo dice Pilar Quintana, el salón donde ocurre el evento se convierte de repente en sala de la casa. Se disuelve así la jerarquía entre ponente y espectador; hay tan solo personas hablando de literatura y las preguntas brotan entre la confianza. Santiago Sepúlveda —joven escritor y gestor cultural colombiano— ha construido con cariño este espacio literario y le ha dado el sello del cuidado y la sinceridad. No hay mejor carta de presentación. Además, el espacio tiene otro valor agregado desde la perspectiva de Otro páramo: le presta atención a la poesía y le rinde, así, otro homenaje a Parra. En 2017 «Tómese un tinto con» recibió a varios poetas, entre ellos, al colombiano Albeiro Montoya y al chileno Enrique Winter.

Para conmemorar lo que ocurrió en este espacio en el 2017, para celebrarlo y para invitar a los lectores a hacer parte de esta comunidad literaria que se construye lentamente en la Calle 29a #34A-33, compartimos a continuación una serie de textos e impresiones sobre «Tómese un tinto con» que diferentes participantes del espacio han tenido. Además, compartimos un texto en el que el propio Santiago Sepúlveda nos comparte cuál es el espíritu de su proyecto.

 

 

 
 

“El espacio que han creado en Nicanor para difundir obras de nuevos escritores, me parece muy valioso. El espacio es muy amable, se genera una interacción con el público cálida que permite un diálogo fluido sobre los autores y poéticas que se presentan. Personalmente, en el evento que se organizó en torno de la novela “Saber y ganar” de Juan José Hoyos, y que yo comenté, me sentí muy a gusto. Celebro ese tipo de encuentros que permiten potenciar nuestra siempre fértil literatura.”

Mariana Serrano Zalamea

 
 

“En una ciudad como Bogotá, divida por la urgencia de sus propios desplazamientos, los poemas y las novelas, los ensayos y los cuentos, muy pocas veces encuentran la conversación para la que fueron escritos. Se escribe desde todas partes pero no se construye una comunidad distinta. Me ha conmovido del Café Nicanor una insistencia en la conversación, pero también el cuidado con el que mes a mes, sin otra ambición que la literatura misma, nos invitan a detenernos en la obra de un autor, tratando de llevar su escritura hasta las últimas consecuencias. Los grandes poetas, Nicanor Parra entre ellos -de donde supongo que este espacio ha escogido su nombre-, nos recuerdan que los poemas fueron escritos para mostrarnos que otros tiempos son posibles. Esto ha sido posible en el Café Nicanor de alguna manera. Por esto, al lado de la Universidad Nacional, en las calles silenciosas del barrio Acevedo Tejada -pensadas desde un principio como un refugio contra la ciudad, desde su legítima vocación de laberinto-, hay algo en este espacio que me recuerda la resistencia, y yo diría que a la alegría de esas casas viejas, donde por un momento volvemos a ser niños.”

Santiago Espinosa

 
 

“Nicanor es el café de Santiago Sepúlveda. Una casa de dos pisos en donde los clientes pueden comer bien, tomarse un tinto, leer y conversar. El lugar es privilegiado porque está ubicado en el barrio Acevedo Tejada, al lado de la Universidad Nacional. Así que muchos de los clientes asiduos son estudiantes. Allí también Santiago organiza una entrañable tertulia para hablar de libros que se llama «Tómese un tinto con». Tuve el placer de estar sentado allí, el 9 de agosto de 2016, para hablar de la biografía de Salomón Lerner, el fundador de la tradicional librería de Bogotá. Recuerdo que fue una charla llena de anécdotas sobre las librerías y divertida. Creo que Nicanor es parte de esa importante tradición cultural que se formó en esta ciudad alrededor del tinto y la literatura, que tiene como referentes El Automático o el Windsor, donde se reunían los escritores. Larga vida al café Nicanor, que tiene nombre de poeta.”

Miguel Ángel Manrique

 
 

“«Tómese un tinto con» es un espacio que me gusta porque rescata lo que disfruto de la literatura: conversar, con desparpajo y alegría, sobre libros, esos objetos que son, al mismo tiempo, lo más importante y lo más intrascendente de la historia universal.”

Eduardo Otálora

 
 

“Tomarse un tinto en Nicanor, por supuesto, es mucho más que eso. Tomarse un tinto en Nicanor es continuar cierto rito necesario y cada vez más excepcional: el de concitar la literatura en un pequeño espacio de intimidad y habitado por un puñado de oficiantes. Tomarse un tinto en Nicanor es inaugurar la complicidad de un nuevo texto, una nueva voz y unos nuevos lectores. Es decir, dejar constancia de que aún somos adictos a la entrañable literatura. Gracias por este espacio y por Santiago, su responsable, por insuflarle su propia pasión.”

Guido Tamayo

 
 

“Hablé en Tómese un tinto con Antonio García Ángel, que es mi pana y mi socio. Me sentí como si estuviera charlando con él en la sala de mi casa. Fue, de verdad, uno de los eventos en que más abierta y relajada me he sentido. Gracias por el espacio. Ya quiero sacar otro libro para repetir.”

Pilar Quintana

 
 

“«Tómese un tinto con» ocurre en una casa antigua de Bogotá que permanece como si levitara en el cauce irrefrenable del desarrollo: un patio precede la entrada, los pisos de madera crujen bajo los pies y los propietarios venden café bueno y barato. El formato del evento es transparente: un autor y un presentador (bastaría decir: dos amigos) conversan sobre un libro del autor en cuestión. Lo que más me conmueve de este ritual es la simplicidad con que se enuncia una verdad importante: de una conversación surge algo maravilloso, algo que puede ser una pregunta, una respuesta, un homenaje, una preocupación, una memoria, una conmoción, un relámpago, etc. El público es testigo de esa creación, y al salir a la noche bogotana cada uno se va con la certeza de que presenció palabras sinceras. Este acto tan elemental redime a cada quién con una ciudad que, a primera vista, ha perdido sus palabras humanas. Aunque las iniciativas culturales son tan pasajeras, esperemos que esta desoiga los presagios.”

Santiago Ospina Celis

 
 

“«Tómese un tinto con» pervierte la jerarquía y la distancia entre escritores y lectores, juntándolos a conversar en una sala acogedora. El ciclo de charlas, dándole vida al autor cumple, paradójicamente, con la muerte que para ellos deseaba Barthes, porque el espacio viene a llenar las elipsis de las obras, esas que habitan los lectores activos en este diálogo sobre la amplitud de la literatura y no sobre los sujetos que la escriben, limitados a contar sus propias experiencias. «Tómese un tinto con» también pervierte la rapidez exigida al pensamiento, promoviendo uno que se construye sobre la misma marcha de la reflexión fuera del mundo y, sin embargo, sobre él, con anécdotas graciosas que vuelven a la vida, y con los sentidos despiertos también a los exquisitos sabores de lo que Café Nicanor ofrece.”

Enrique Winter

 
 

“La última vez que vi a Guillermo Martínez fue en el Café Nicanor. En el cálido espacio de «Tómese un tinto con», al lado de Santiago Sepúlveda y de doña Carmen Montenegro, él presentó mi libro que hablaba de la infancia. Dijo que le recordaba a su lejano campo, dijo que él mismo era un niño grande y que nunca dejaría de serlo, y que en sus versos, como en los míos, también habían pájaros. No símbolos. Pájaros.

Si hubiese sabido que esa noche era la última vez que vería al poeta, mi abrazo hubiera sido más largo. Ese encuentro me dejó la fe viva en la poesía, en mi persecución de la belleza. Por eso el Café Nicanor y su celebración de la amistad son para mí, como ese momento, entrañables, irrepetibles.”

Albeiro Montoya

 
 

“Las grandes conversaciones exigen una forma de intimidad, un espacio donde las palabras puedan crujir. «Tómese un tinto con» reúne a dos personas que se han encontrado en la vida y se han brindado la generosidad de la lectura atenta. Las invita a un salón acogedor y, así, les brinda la chispa para que se encienda la plática como un fuego. Pareciera que quienes han venido a escuchar fueran familia ante una chimenea. Y así sucede una magia que pocos espacios en Bogotá permiten. No hay ponentes y espectadores: hay personas interesadas en las palabras, en las buenas historias o en la fuerza de un poema. Hay personas que solo venían por un tinto y se dejan calentar por el fuego. Quien se anime a visitar el Café Nicanor en esta fecha especial, en últimas, descubrirá que la posibilidad de crear una comunidad en torno a la literatura no es una nostalgia del siglo pasado. En medio de los locales de grandes cadenas que le brotan a la ciudad por todas partes, este café, con genuina personalidad, nos muestra que aún existen los refugios.”

Juan Afanador

 
 

“Dicen que el hombre es un animal social. Ahora bien, el lector tiene fama de ser el gran solitario. Pero el solitario lector, en tanto hombre, también tiende a lo social, y cuando lo hace es un gran apasionado de la interacción. Esta extraña interacción, mediada por el libro, es lo que se ha llamado el Círculo de lectura. Pues bien, esto solo es posible si existe de antemano un espacio donde las soledades se pongan en discusión, y es acá donde «Tómese un tinto con» juega su papel. Este espacio se ha configurado como encuentro de lectores y autores, donde las convenciones de lo académico, el protocolo del lanzamiento o presentación, han sido cambiadas por la charla amena y relajada, la proximidad entre los asistentes y las demás cosas que un ambiente de café le aporta a la conversación casual y sin pretensiones. No nos queda más que desear que el círculo se amplíe, la tertulia continúe y la soledad demasiado ruidosa de los lectores nunca deje de ponerse en diálogo.”

Camilo Rico, librero

 

 

 

“Le pregunté por qué me contaba esa historia.

̶ Porque quiero que salgas de aquí y regreses con el tacto enriquecido.

̶ ¿Qué quieres que haga? No entiendo.

̶ No me volverás a tocar si no vienes a describirme cada noche uno de los jardines de Mogador.

̶ Pero si en Mogador casi no hay jardines aparte del tuyo.

̶ Eso parece cuando no se mira bien. Tal vez la ciudad misma sea toda un jardín, y nosotros sus plantas carnívoras. Se trata precisamente de que me descubras lo que hasta ahora no has visto. No has sido capaz de ver. Se trata de que escuches mucho más. Por cada jardín que me traigas, una noche de amor. Y solamente a cambio de jardines volveremos a hacer el amor.

(…) Desconsolado, incrédulo, deseoso, salí a buscar jardines. Y descubrí que para mí era tan difícil como salir a nombrar vientos, identificar estrellas de día, o contar las piedras del río en movimiento.”

Los jardines secretos de Mogador, Alberto Ruy Sánchez

 
 

Por Santiago Sepúlveda

 
 

Una hora antes del anochecer, una vez al mes, Nicanor hace una pausa. Las meseras, Niyired, Leidy, yo mismo, conversamos con los clientes que estén sentados en la alcoba del balcón. Son seis mesas que debemos dejar libres para reorganizarlas. El espacio se transforma: sofás que van de lado a lado en cada una de las paredes, mesas redondas y algunas sillas que miran en una misma dirección. Allí nos sentaremos un autor invitado, un lector invitado y yo. Organizo un trípode, enciendo la lámpara, y comienzo a ejercer el papel de anfitrión. Recibo a los asistentes, a los invitados. Cuando comienza a ceder la luz del día, damos inicio a nuestro «Tómese un tinto con».

Lo anterior se repite el segundo martes de cada mes, con pequeñas variaciones. Uno o varios libros son la excusa para reunirnos y escuchar; a veces con un café, una cerveza o una copa de vino. Algunas personas traen el libro sobre el que conversaremos ya leído, otras sin leerlo aún. También hay quien trae una libreta para dibujar, para tomar notas. A veces esperamos un poco más porque hay lluvia. A veces empezamos a tiempo porque no cabe una persona más. Los libros son todos diferentes, pero siempre hay libros. Todo esto hace parte de una rutina mensual que se repite con pequeñas variaciones hasta que inicia la conversación, y me da ansiedad cada vez: ¿y si no llega nadie, y si el autor se aburre, y si los invitados, y si no llegan los libros, y si no se llevan ni uno solo a casa?

Pero anochece. Estoy sentado. Pido silencio. Camilo, librero y musicalizador de Nicanor, baja el volumen de la música. Todos escuchan atentos. Comienza la conversación. La rutina, que se forma con varios de estos pequeños detalles que se repiten, desaparece.

Hablar de un libro es acabar con el tiempo. Miro cada uno de los rostros de los asistentes de vez en cuando, y parecen congelados en un gesto, en una forma de mirar. Sus reacciones, su forma de pasar las páginas, de tomar café, de sentarse, de estar, transforman la percepción del tiempo dentro de la alcoba en la que conversamos. El autor escucha con atención las preguntas del lector que lo acompaña. A veces cierra los ojos. A veces cierra la boca para que no vuele su opinión sobre la pregunta que se va forjando. Observa. Siempre sonríe, y le da un sorbo al café, o al vino, o a la cerveza. Los asistentes hacen lo mismo. Yo hago lo mismo. El lector hace lo mismo.

Lo llamo lector porque, de todos nosotros, ha sido a quien se le ha concedido el oficio de lector. Amigos de infancia, de universidad, lectores apasionados que comparten café de vez en cuando, compañeros de trabajo, profesores, estudiantes, o quizá nada de eso, lector y autor conversan como viejos cómplices de la palabra: el lector es, aquí, un amigo a quien le importa la persona a quien acompaña. No es un presentador. No es un entrevistador. Es alguien que ha pasado páginas, tomado notas, alguien que ha conversado sobre el libro con otras personas y ha intentado explorar un poco todo el mundo que ese libro le enseña. Alguien que también se pregunta por los procesos de creación, por cómo esa persona se ha ubicado en el mundo para escribir lo que nos convoca y nos reúne.

Cada libro es diferente. Cada uno nos aborda de forma única, y a cada uno respondemos íntimamente, ya sea con gusto, alegría o rechazo. Aunque pueda parecer una obviedad, me parece fundamental recordarlo: «Tómese un tinto con» nos lo recuerda. Aquí nos enfrentamos a la diversidad que encierra un libro, y esa diversidad nos refleja.

Bogotá, esta ciudad que compartimos, nos devora. Nos vamos convirtiendo, día a día, en una rutina, en los mismos lugares, en compromisos de siempre. Nuestros lugares de esparcimiento son los mismos, nuestras formas de salir de la rutina son las mismas, nuestro trabajo se repite. Poco a poco nos vamos haciendo máquinas: la sensibilidad es una pérdida de tiempo. Todo aquello que se repite en nuestra cotidianidad nos embota la mirada.

En Los jardines secretos de Mogador, una de las novelas en que Alberto Ruy Sánchez explora la idea del deseo, una mujer llamada Jassiba queda embarazada del hombre con quien se ama. El embarazo transforma su cuerpo. Su sensibilidad cambia. Él no lo ve: con los mismos movimientos de siempre, las mismas caricias, la misma mirada busca la sensibilidad que en ella ya se ha transformado. Pero Jassiba se da cuenta de lo que sucede, así que le pone una tarea. Él debe, como Shajrazad, contarle una nueva historia cada vez. Pero ella ya sabe mil y un historias, conoce todos los trucos y las formas de narrar: para que él pueda conseguir una noche más de amor, debe contarle un jardín de Mogador, diferente cada noche, sin mentir o valerse de trucos baratos. «En Mogador casi no hay jardines», reclama él. «Eso parece cuando no se mira bien», responde ella.

En las diferentes rutinas que vivimos, cada libro es un jardín. La literatura es, toda ella, un gran jardín. Está ahí para que acudamos a él si queremos. Ese es el deseo de «Tómese un tinto con»: que no lo hagamos como máquinas. Ojalá podamos, entre lectores y autores, oler los diferentes aromas de sus flores, apreciar cada uno de los colores que nos ofrece. Ojalá podamos volver a la ciudad con el tacto enriquecido, y que Shajrazad, la contadora de historias, nos regale una noche más de amor. Cada vez una noche más.